Viernes, 03 Marzo 2023 17:48

PERDÍ LA CUENTA

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Bébédjia 28 de febrero de 2023

PERDI LA CUENTA

Perdi la cuenta de los niños que han fallecido estas semanas. Aunque en realidad no sé si perdí la cuenta o decidí no contar, que no es lo mismo.

Martin se fue la madrugada de ayer. Ya hace un par de días que comenzó también con dificultad respiratoria. No aguantó el frío. No aguantó las horas sin oxígeno. No aguantó.

Perdí la cuenta pero sé que en lo que va de mes no ha sobrevivido ninguno de los prematuros que hemos tenido ingresados.

Perdí la cuenta de los niños con malaria grave que no lo han conseguido. Ha sido un goteo continuo salvo dos días en los que no hubo fallecidos. Dos en un mes.

Da miedo pensar en lo que está por venir. Este ha sido el año más tranquilo en la pediatría de todos los que he vivido aquí y aún así, perdí la cuenta. A partir de junio la cosa empeorará, como cada año.

Perdí la cuenta de los pacientes a los que no hemos podido tratar o diagnosticar por falta de medios. Son muchos, pero uno no se me borrará jamás de la memoria. El estudiante de 17 años que viajaba desde el campo a Doba montado en la parte trasera de un camión a quien, tras apearse, se le cayeron encima dos enormes sacos de harina, partiéndole el cuello y dejándole tetrapléjico.

No se me olvidará cómo le tuve que explicar al padre que no había solución, que su precioso hijo varón que tanto le ayudaba en sus tareas agrícolas y que tan bien iba en el liceo nunca volvería a caminar ni podría manejar una voituretta, que no volvería a comer solo o a escribir, que estaba condenado a vivir con el collarín que le pusimos en el hospital porque la lesión del cuello era inestable e inoperable aquí, que tendría que seguir sondado y que necesitaría ayuda de laxantes y estimulación para vaciar el intestino. Lo trasladamos a Handicapés donde intentarán darle una vida digna en un entorno tranquilo, pero pronto los familiares se irán agotando y, como ya hizo la joven Celine el año pasado (tetrapléjica tras caerse de un mango), se dejará morir.

Y ojalá ocurra pronto, porque en este escenario, si sobrevive el tiempo suficiente, le queda malvivir.

Perdi la cuenta de los niños a los que he saludado, de los globos que he inflado, de los “chupachuses” que he entregado, de los mofletes que he acariciado.

De las misioneras a las que he abrazado, de los “tobanuas” y “salam” que he pronunciado, de los kilómetros recorridos, de los retratos que he tomado.

Pero no me olvido de los pacientes que salieron adelante, ¡de eso no hay que olvidarse!

No me olvidaré de Fatme, la pequeña malnutrida huérfana de madre a la que con mimo cuidaba su kaká, Aicha. Tampoco de Chantelle, la bebota con secuelas de malaria que empezó a mejorar ya estando aquí y que espero continúe tratamiento en handicapes.

De Mariam, la niña que sobrevivió a la meningoencefalitis, despertándose ciega y sorda. De cómo poco a poco empezaba a seguir objetos grandes con la mirada y parecía escuchar la música de mi spotify hasta que hoy, por fin, nos ha visto y ha bailado con la bachata de Manuel Turizo.

Nunca me olvidaré de Esperance, de su lengua de trapo, de su mirada estrábica, de cómo se emociona cuando escucha su nombre. El pequeño aguanta sentado cada vez más tiempo y en Handicapés lo mantienen limpio y bien vestido. ¡Vamos, cariño! ¡Sigue luchando!
Alí, el risueño árabe que perdió la visión de un ojo por Dios sabe qué motivo y que llevaba un año arrastrándose por una probable polio (pero váyase usted a saber) , ya puede caminar con sus muletas y los bitutores que le hicieron. ¿Cómo olvidarlo a él?
Siempre en mi corazón llevaré a la testaruda de Chanceline, que milagrosamente va mejorando del ojo y cuyas heridas van de cine, aunque deba seguir escondiendo la escayola unas semanas más porque la fractura no ha pegado todavía.

Hay dos prematuros nuevos en la incubadora antediluviana cubiertos por la manta térmica. Ninguno de ellos ha heredado el gorrito negro con rayas fucsias de Martin. Es mejor. Debía picar un montón.

Me quedo con el recuerdo de su pequeñez entre mis brazos y con la esperanza de que se sintiera amado en algún momento de su corta vida.

 

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