Sábado, 25 Febrero 2023 08:53

No es lo mismo.

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Bébédjia, a 20 de febrero de 2023

No es lo mismo.

No es lo mismo enterarse por la mañana que la noche previa (cuando no había luz) ha fallecido un niño que presenciarlo.

No es lo mismo.

Recuerdo mi primer niño fallecido, en directo, en la urgencia pediátrica. Era pequeña, menor de un año, y la traían inconsciente, comatosa. Tenía mucha fiebre. No había electricidad, así que no pudimos poner en marcha el concentrador. Se cogió una vía y se empezó a pasar un suero previa determinación de la glucosa. Murió a los pocos minutos.

Siempre vienen cuando es demasiado tarde.

La madre, reprimiendo el llanto, buscó un paño para colocarlo bajo la mandíbula de la pequeña para luego anudarlo en la cabeza. Mantenía así cerrada su pequeña boca. Posteriormente buscó un paño más grande mientras el enfermero retiraba la vía y cerraba los ojos de la niña, que seguían entreabiertos. En silencio y sin derramar una lágrima colocó el paño al lado de la pequeña, cogió con delicadeza su pequeño cuerpo y lo puso sobre el paño para después cubrirlo por completo. Lo hizo de una manera tan mecánica que me preguntaba cuántas veces habría hecho esto mismo con anterioridad. Fue aterrador.

A esta niña le sucedieron muchos, demasiados niños. Sobretodo en época de lluvias.

Hoy le ha tocado a Rocío ver a las madres rotas, ver a los niños inertes, comprobar que Grace, la enfermera, llora con ellos.

Y no, no es lo mismo vivirlo a que te lo cuenten.

Esta mañana, en el pase de visita de la urgencia, había cuatro niños nuevos, dos de ellos muy graves. Uno que había nacido 48 horas antes, séptico, con muy mala pinta. La otra era una preciosa niña de un año con una malaria grave, en coma.

Al pasar por la niña de la malaria, hemos tenido que ponerle nuestros pulsioximetros en diferentes dedos de sus extremidades (y en los nuestros) en los nuestros, para comprobar que, efectivamente, los cacharros funcionaban . La pequeña, que respiraba superficialmente, saturaba por debajo del 70%. Cuando llegó ayer por la noche, se puso en marcha el pequeño generador que tuvimos que coger del laboratorio (ya que el grupo de emergencia de la pediatría estaba averiado, como siempre), y la pequeña estuvo con aporte de oxígeno hasta que se acabó la gasolina a la 1 de la mañana. Quizá llegó viva a la mañana por eso. Después de comprobar su saturación, Pelagie mandó a alguien a buscar combustible para poner el pequeño grupo en marcha.

Bien. Remontada.

El recién nacido también necesitaba oxígeno. Segundo concentrador en marcha. Y amor en marcha, que le he tenido que pedir a la abuela que cogiera al pequeñín en brazos. Si se muere, que antes haya sentido el calor humano.

Todo ha ido bien por la mañana. La luz de los paneles se encendió hacia las 9:30 y ha aguantado hasta las 14:00. Y a esa hora nos hemos ido a comer.

Rocío sabía que dos horas sin electricidad podrían llevar a los dos a la muerte y ha querido estar con ellos. Y allí, en la sala de “cuidados intensivos” pediátricos se marchó uno y después el otro. Y sus madres han gritado, han llorado, se han tirado al suelo. La madre que nunca coge a su bebé y a la cual hay que regañar toooooodas las mañanas para que le de de mamar, ha cogido a su pequeño y se lo ha puesto al pecho, como si fuera consciente, por fin, de que su hijo podía morir si ella no pone de su parte. Quiero creer que los dos pequeños que “se fueron” (que aquí se dice que uno “est parti” cuando fallece), obraron su pequeño milagro en la sala de pediatría.

Los dos pequeños estaban muy graves, lo sé.

Pero también sé que siempre los traen tarde, que esperan demasiado porque creen que el curandero tradicional les va a ayudar, porque no quieren gastarse dinero en salvar a un “embá” que no produce nada para la familia, porque no son conscientes de que cada minuto cuenta, que están participando en una carrera contra la muerte. Porque la educación en este país es pura fantasía, sobretodo si eres mujer.

Estaban muy graves, lo sé. Igual tampoco habrían sobrevivido en nuestro oasis; también lo sé. Pero lo que no podemos es normalizar que un ser humano se muera porque no tiene acceso a la electricidad.

Desde nuestra pequeñez, no podemos mejorar la educación de un país entero, pero si podemos trabajar con un grupo pequeño de niños vulnerables para que estén mejor formados y mas informados y quizá, el día de mañana, quieran trabajar para levantar este país desde dentro; quizá sepan que es mejor llevar a sus hijos enfermos al hospital antes de que sea demasiado tarde. Quizá.

Desde nuestra pequeñez no podemos mejorar las infraestructuras de este maltratado territorio. Este es un país sin carreteras, sin electricidad, sin agua potable, sin construcciones que aseguren una higiene básica y sin una red de transportes aceptable. Es demasiado grande nuestro enemigo.

Lo que sí podemos intentar es que en el hospital de Saint Joseph haya luz la mayor parte de horas al día para asegurar que funcionen los equipos médicos, para poder trabajar de forma más segura y eficaz, para que la oscuridad no lo pare todo. Y quizá la población que acude a nuestro centro deje de creer que vivir en la penumbra es normal y aceptable. Y quizá entonces empiecen a moverse por el cambio. Y quizá los profesionales le den valor a seguir trabajando aquí y podamos fidelizar al personal. Quizá.

Por casos como los de estos niños merece la pena cada minuto trabajado para conseguir reparar la fotovoltaica.

Por ellos debemos seguir luchando, aunque nos desgastemos, aunque todo sea tan lento y tedioso, aunque la población no sepa darle el valor que tiene a vivir con luz.

El contenedor con las baterías sigue en Lome (Togo) y, aunque yo ya he perdido la esperanza de ver cómo descargan las baterías nuevas en Saint Joseph, me emociono al pensar que un día, mientras esté pasando consulta en Fuenlabrada, recibiré un mensaje desde Chad diciéndome que las baterías por fin llegaron a Bébédjia.

Y pegaré un gritito y saltaré de mi silla y abrazaré a mi residente como en su día hice cuando me comunicaron que la Fundación Juan Entrecanales de Azcarate nos había concedido la ayuda.

Pero no será lo mismo que me lo cuenten a vivirlo. Aunque el resultado final me vaya a hacer igual de feliz.

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