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El mal menor

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Bébédjia, 18 de febrero de 2023

El mal menor

Siendo todavía una adolescente, sus tíos (ya que ella era huérfana) decidieron con quién se tenia que casar. Al entregarla en matrimonio, ellos aseguraban unos ingresos regulares por parte del marido.

El hombre con quien la casaron era seropositivo, y no sólo le engendró un hijo, sino que contagió a los dos.

Ella buscó ayuda médica, y así comenzó su andadura con las misioneras Hijas de Cristo Resucitado, responsables del centro de Apoyo Psicológico Médico y Social (APMS) de los enfermos de SIDA en este rincón del mundo. Tanto ella como su hijo reciben tratamiento y realizan el seguimiento en su centro.

Cuando su primer marido murió a causa de la enfermedad, sus tíos volvieron a casarla (no hay forma más fácil de seguir cobrando sin trabajar), esta vez con un “viejito” que ya tenía 3 o 4 mujeres más, mucho mayores que ella.

A pesar de su belleza, su carácter y su juventud, nunca fue la preferida del viejito (gracias a Dios).

La mujer principal vive en la capital y el resto están desperdigadas por el país. El marido pasaba la mayor parte del tiempo con alguna de las otras mujeres, pero cuando volvía a Bébédjia, la violaba y la volvía abandonar, sin asegurarse ni su manutención ni la del hijo del primer marido. No cambió la cosa cuando, fruto de esas violaciones, ella comenzó a tener hijos. Hasta seis tiene de este marido, que sigue sin asegurarse de que tengan medios para subsistir.

Las misioneras le dieron un trabajo para que pudiera cuidar de su cada vez más abultada prole. Y, gracias al control que han venido haciendo de su enfermedad, el resto de sus hijos no están contagiados.

Los niños, que son preciosos y risueños, pertenecen al programa de apadrinamientos del proyecto “Estudiar en Chad”, de nuestra fundación. Cada uno de sus hijos acude a una buena escuela y come boule con salsa y carne o pescado a diario en la APMS. Acuden los miércoles a las clases de refuerzo y en periodo vacacional se siguen formando.

El mayor de los hijos abandonó el programa hace un par de años y se puso a trabajar en el mercado. Ayuda a su madre y hermanos comprándoles cosas que necesiten (comida, jabón, ropa, una alfombra…) pero no le da dinero porque, si vuelve a casa su padrastro, además de violarla se lo quitará.

Los periodos sin marido son los mejores. Tiene el apoyo de las hermanas, tiene trabajo y sus hijos acuden a la escuela y están alimentados). Vive en un minúsculo cuarto con los 7, pero le basta. Las otras mujeres y los más de treinta hermanastros de sus hijos corren mejor suerte. El señoro va repartiendo en vida sus posesiones para asegurarse de que a las otras familias les vaya bien cuando él no esté.

Ella le detesta. Sin embargo, la salud del viejito le preocupa mucho.

¿Por qué habría de temer que el hombre que la viola para posteriormente abandonarla se fuera, por fin, al infierno?

Es simple.

Como son musulmanes, si el asqueroso muere, ella deberá permanecer encerrada en la “habitación” donde vive, sin cambiarse de ropa durante 4 meses. No se podrá lavar, ni podrá salir del chamizo para hacer sus necesidades, para ir al mercado o para trabajar durante el periodo de luto. En los casos en los que no haya nadie que pueda mantener a la familia (su caso), se puede reducir el tiempo de encierro pero, en cualquier caso, deberá permanecer autosecuestrada 40 días completos y, posteriormente y hasta cumplir los 4 meses completos, sólo podrá salir para ir al trabajo y volver directamente.

Pero el drama no acaba aquí.

Una vez transcurridos los 4 meses y dado que ella sigue siendo muy joven y fértil, sus tíos dispondrán de nuevo de su vida y la volverán a casar con otro hombre que pague bien. Y si ese hombre no vive en Bébédjia, ella se tendrá que marchar. Dejará de trabajar y abandonará el seguimiento del VIH. Y con ella se marcharán sus 6 hijos menores que perderán, irremediablemente, la posibilidad de seguir estudiando en buenas escuelas y de comer todos los días porque ellos siempre serán hijos de otro y su madre, la mujer estigmatizada por ser seropositiva.

Así que, aunque no lo merezca, que el viejito viva muchos años más. Que se quede en la capital con su mujer favorita y que su salud no le permita hacer el viaje hasta Bébédjia.

Que viva al menos el tiempo suficiente para que esta preciosa mujer deje de ser tan joven y rentable.

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